EL TRADUCTOR LITERARIO: ¿TRAIDOR O TRAICIONADO[1]?

(LA TRADUCCIÓN DE TEXTOS LITERARIOS

DE LENGUA ALEMANA EN ESPAÑA)

 

Carmen Gómez García

Profesora del CES Felipe II

(Titulación deTraducción e Interpretación)

 

 

RESUMEN

 

El presente artículo supone una visión panorámica de cuantas instituciones marcan su impronta en el ámbito de la traducción literaria. El recorrido abarca figuras tan controvertidas y poco conocidas por el público como la del agente literario y editorial, prosigue con una explicitación sobre la influencia ejercida por las editoriales y finaliza con el indiscutible protagonismo del lector. Pero no sólo el mercado literario es el trasunto de las siguientes líneas, el texto también incluye una parte teórica sobre los supuestos de la traducción literaria y la labor creadora del traductor, así como ofrece un esbozo sobre el perfil del traductor literario en España y su situación laboral, comparando ciertos aspectos con sus homólogos de Austria y Alemania. Quisiera, no en último lugar, abundar en la reivindicación existente de los derechos de los traductores, lamentablemente muy poco respetados pese a lo inestimable de su labor.

 

 

 

 

"Las relaciones de un texto con sus traducciones, imitaciones, variantes temáticas y aun con sus parodias, son tantas y tan distintas, que no se prestan a un solo esquema teórico y capaz de definirlas a todas. Engloban todo el problema de la significación de la significación a través del tiempo, que a su vez abarca el de la existencia y de las consecuencias del hecho lingüístico, fuera de su forma inicial, específica. Pero resulta indiscutible que el eco enriquece; que es algo más que sombra o simulacro inerte. Y volvemos así al tema del espejo que no sólo refleja, sino que también genera luz." [2]

George Steiner

 

 

La imagen del traductor literario, que, escondido tras enormes pilas de libros y diccionarios abiertos a su alrededor, se deleita con la recreación del lenguaje y la búsqueda de una metáfora en la lengua materna, es, en efecto, una escena cuando menos romántica, si bien no exenta de cierta verdad. Todos los que hemos traducido literatura sabemos de miedos y frustraciones, de alegrías y expectación; todos coincidimos en la sensación de lo imperfecto cuando por fin entregamos el texto a la editorial, una mezcla de orgullo maternal y temor ante lo eternamente inacabado. La traducción perfecta no existe. ¿Existe el texto perfecto?

Pero este es el final del proceso. El comienzo, una vez que el autor de la obra original ha puesto punto final a su manuscrito, compete a la editorial a la que ha confiado su obra, o bien, lo que cada vez sucede con mayor frecuencia, al agente literario, a cuya figura quisiera dedicar unas líneas dada la importancia que ha cobrado en el mercado del libro.

 

 

EL AGENTE LITERARIO Y EDITORIAL

 

            Es, sin lugar a dudas, una profesión a la que precede una fama un tanto controvertida, no en último lugar por el desconocimiento de su labor, en muchos casos desdeñada injustamente por su condición de intermediaria. Son muchos los requisitos que se precisan para ser un buen agente, entre ellos un profundo conocimiento del mercado internacional y nacional, de la Ley de la Propiedad Intelectual (en adelante LPI), dominio de varios idiomas, intuición literaria, cultura... por no mencionar los valores humanos que se requieren en el trato con cuantos escritores y editores estén implicados en el establecimiento de un contrato de edición. No quisiera pasar por alto la figura del scout, cuya finalidad consiste en otear tendencias, corrientes, éxitos, autores de un país concreto, y proponerlos en otro de distinto idioma.

 

             El agente literario es aquel, o mejor dicho, aquella[3] que, a cambio de un por lo general pequeño porcentaje, representa los derechos de un autor velando por las mejores condiciones de publicación posibles. Otras tareas que conciernen a la agente literaria son la selección del excesivo número de manuscritos que llega a la agencia con expectativas de publicación e incluso triunfo (visto el éxito desmerecido y desmesurado de tantos "autores"), determinar su valor y posibilidad de acomodo en el mercado literario, y, llegado el caso, luchar por el reconocimiento de su calidad. Una vez lograda la reconversión del manuscrito en libro, el agente se pone en contacto con cuantas editoriales extranjeras pudieran dar cabida a este nuevo título, lo que implica una gran inversión de tiempo y esfuerzo por parte de la agente, en tantas ocasiones baldío. Son muchos los escritores consagrados que hacen uso de los servicios de la agente sólo para darse a conocer en el extranjero y evitarse todo este incómodo proceso, las más de las veces a causa de lo molesto que para alguien dedicado a la creación resulta negociar los términos económicos de su obra[4].

 

                 El agente editorial, en cambio, trabaja con editoriales de otras lenguas procurando el beneficio de los derechos ya no sólo de las editoriales a las que "protege" en la lengua terminal (en adelante LT) sobre la base de un contrato de representación, sino a los autores cuyos derechos detentan estas editoriales. Lógico es, pues, considerar al agente editorial de suma importancia para el traductor literario, ya que a otras muchas labores propias de su profesión se añade conseguir la publicación de una obra concreta en la editorial que mejor se adecue a sus características, negociar un contrato económicamente rentable para el autor y su editorial, velar tanto por la aparición del libro en el mercado dentro del plazo acordado con antelación como por la puntualidad de los pagos, y asegurarse de la buena calidad del producto final, de la obra ya en venta de la editorial de llegada, lo que implica la traducción de libro. En este punto quisiera hacer mención a procesos de los que el visitante de las librerías no tiene noticia alguna, como la subasta de un título e incluso autor determinado. En el mundo editorial se ha vivido incluso el pago de costosos anticipos por obras aún no escritas, pese a que la LPI no lo contempla en sus páginas (véase BOE, 17 de noviembre de 1987, artículo 59).[5]

 

             La subasta se lleva a cabo cuando una editorial no ostenta la primera opción del libro, esto es, en el contrato de edición suele estar estipulado que una editorial que haya publicado una obra de un autor es la primera en decidir si va adquirir o no los derechos de una obra subsiguiente. La subasta entonces tiene lugar si varias editoriales están muy interesadas por publicar un texto en concreto sobre el que no pesa el gravamen de la primera opción. En este caso, el agente literario ha de actuar con suprema diplomacia, puesto que son los intereses de un autor de su editorial representada los que están en juego, habiendo de ser al mismo tiempo lo suficientemente hábil como para que las editoriales implicadas de la LT sigan confiando en su buen criterio y saber hacer. Van a ser la editorial de partida y, en último caso, el autor, los que dictaminen la sentencia final una vez concluidas las negociaciones de la agente. No sólo son el anticipo y la escala de royalties decisivos para la resolución de qué editorial sería la más conveniente para la obra extranjera, sino, entre otras razones, el prestigio de la editorial, la colección que albergaría el nuevo título, el soporte mediático que pudiese poner a su servicio[6], el volumen de la tirada y, por supuesto, el buen nombre del traductor que aceptaría el encargo. En este punto radica una de las mayores incongruencias del mercado editorial: A pesar de la siempre escasa remuneración económica que ofrece, un editor consciente de su trabajo sabe de la trascendencia de una buena traducción no ya para que la obra tenga éxito, sino para que sea entendida.

 

              Suele ocurrir, en especial en literatura y filosofía y con autores de cierta fama, que un escritor o, en su defecto, una editorial, cuente e incluso imponga la condición de ser traducido por una persona en concreto, siempre y cuando, claro está, la labor del traductor se haya revelado como satisfactoria. Este es el caso de los tándem Günter Grass/Thomas Bernhard-Miguel Sáenz y Peter Handke-Eustaquio Barjau, por citar sólo dos ejemplos. No es extraño: un buen traductor se ha imbuido de tal modo en el texto original (TO) para intentar captar el ritmo, tono e intención de un autor y posteriormente recrearlo en la LT, que la traslación de un segundo libro del mismo autor requiere, por así decirlo, un esfuerzo no tan descomunal. De ahí que los editores, al contratar un libro extranjero, acostumbren a solicitar los servicios del mismo traductor de las anteriores obras.

 

EDITORIALES

 

              En cuanto a las editoriales, sabido es que de ellas depende en gran medida la difusión de la literatura extranjera así como la calidad del texto traducido (TT). Lamentablemente, no es extraño que la adquisición de los derechos de una u otra obra se deba a una política editorial ajena a la calidad del texto, basada en la publicación de aquellas obras que, con el menor margen de error posible, aporten sustanciosos beneficios al complejo negocio montado en torno al libro. Son ya muy pocos los profesionales que editen lo que realmente quieren y no lo que el director ejecutivo del grupo-empresa editorial pretenda sacar a la venta como el "mejor libro del mes". Prueba de que el valor de lo literario ha descendido hasta niveles mercantiles insospechados es el epíteto del "libro más vendido", o bien "se lee con asombrosa facilidad", o, por qué no mencionarlo, el montaje tramado alrededor de los premios de literatura. Arguyendo la necesidad de reembolsar por lo menos los costes de edición, muchas editoriales prescinden de los servicios de un buen traductor al que avalan años o libros de experiencia, para poner la obra literaria en manos de un profano que presume de conocimientos en la lengua original (LO). Dado que la oferta de profesionales o, simplemente, de personas que se adornan de conocimientos de lenguas extranjeras es cada vez mayor, muchas editoriales abandonan lo que en un futuro ostentará el título de "obra literaria extranjera" a aquel que acepte honorarios irrisorios y denigrantes para un trabajador de cualquier rama, beneficiándose de esta forma de la sustitubilidad del traductor.[7]

 

 

TRADUCIR LITERATURA. OBLIGACIONES DEL TRADUCTOR LITERARIO

 

                  Dentro del suprasistema social, la literatura desempeña tanto el papel de la crítica como el de representación. Las creaciones literarias, al igual que otras manifestaciones culturales o artísticas, tematizan un modelo de realidad de una sociedad determinada, son aplicaciones del programa cultural de un país y coadyuvan al mantenimiento y al desarrollo de la totalidad del sistema. Esta función social no es intencionada: en relación con su entorno y con otros subsistemas tales como religión, política, economía, etc., el literario cumple no tanto una función, sino que produce y acoge creaciones ante todo reconstruibles como productos de un quehacer intencional.[8]

 

                  Obvio es que la literatura traducida pasa a formar parte del acervo cultural de cualquier lengua. Será entonces esta obra traducida la que desencadene reacciones en la cultura y en el pensamiento de la LT y se enfrente a los extrañamientos o dificultades inherentes al proceso de adaptación a un nuevo contexto. Para la historia de la literatura y de la traducción literaria, no obstante, no ha de tenerse en cuenta sólo la diferencia entre grados de modernización, sino también las divergencias acusables entre las formas de organización y clasificación de la literatura. Esto se debe a que las obras literarias están integradas en otros "minisistemas" sociales y obligadas a justificarse ante sus propios criterios de decisión .[9]

              Por consiguiente, en calidad de traductor literario se deben considerar las diferencias culturales de los lectores de la LO y de la LT. El texto, la obra, está inserto en un sistema de relaciones mucho mayor, en un contexto cultural que ha de ser transmitido, traducido junto con la lengua.[10]

 

                 Miguel Gallego Roca afirma que "el traductor toma decisiones y a través de sus decisiones es posible descubrir el gusto literario de una época, la ideología lingüística y literaria de una escuela, o las estrategias de un poeta de vanguardia"[11]. Una buena traducción requiere una comprensión total no ya del significado, sino del sentido[12] del texto, no de lo que dice, sino de lo que quiere decir su autor, adecuándose a su estilo, a cómo lo dice, lo cual implica no sólo el conocimiento absoluto de un autor y su Weltanschauung, sino saber interpretarlo y saber escoger, decidir qué estructuras lingüísticas son las apropiadas para reproducir en la LT la red de asociaciones establecida en la LO. Tanto el lector de la obra en LO como el abocado al texto traducido deberían confrontarse al mismo referente expresado en un mismo estilo. Pero cada lengua es una forma de ver el mundo, decía Wilhelm von Humboldt, y no sin razón.

 

              Es evidente, pues, la tremenda dificultad del proceso traductológico, más aún cuando escritor y traductor han de vérselas con una herramienta tan compleja como es el lenguaje, lugar en el que confluyen objetividad y subjetividad, sociedad e individuo. Desde la estructura de la mente, el ser humano organiza sus contenidos mediante el lenguaje; las palabras confieren presencia no sólo a lo real, también a lo ausente, a lo inexistente[13], portando consigo, además de evocaciones, remembranzas individuales, la historia colectiva de su utilización, la suma de sus contextos y connotaciones a lo largo de las épocas[14]. En consonancia con Wittgenstein, las palabras significan según el juego en el que aparezcan, dependen de la situación en la que sean empleadas.[15] Traducir literatura supone entonces la re-creación de un texto (del latín textum, tejido, intersección de relaciones) en el idioma de llegada.[16]

 

              Si básicamente entendemos la literatura como el arte de la palabra[17], cabrá entonces preguntarse qué rasgos distinguen a la palabra, al lenguaje, para que se les califique de literario, para crear belleza. Su rasgo principal, ya lo afirmaba Jakobson, es su carácter asociativo y polisémico y su función estética, añadiría Mukarovsky[18]. El interés de la obra se concentra en el mismo signo lingüístico.

              Andreas Poltermann, citando a Lefevere[19], subraya que el lenguaje literario se conforma a partir de la lengua nacional como material de literatura y de otros elementos semióticos del lenguaje literario, tales como género, tema, motivo, etc., componentes de un sistema literario supranacional. Ante todo, el lenguaje literario o poético difiere del lenguaje estándar en la posibilidad de "violación intencional de la norma"[20], la cual tiene sentido en tanto que el hombre es un ser social. La ruptura de la norma estética se entiende en relación con la libertad creadora y la búsqueda de un propio lenguaje nuevo, inhabitual, que siente las bases de un nuevo -futuro- paradigma. Es de suponer, por tanto, que el traductor adapta el texto a un modelo creado según las expectativas del lector, lo adecua a ciertas normas de su cultura que, aun en el marco de su inestabilidad, hayan sido impuestas en determinadas coordenadas temporales, si bien sabe reconocer y reproducir cuanto de trasgresión y novedoso se oculte en el TO. Y es porque cambian las expectativas del lector, su visión del mundo, por lo que se modifica la interpretación del TO; de ahí que las traducciones, textos vivos, experimenten obligatoriamente transformaciones con el paso del tiempo.

 

                El primer condicionante de la traducción literaria es el género ya existente en el que el traductor inscribe su obra, lo cual implica ciertas convenciones acuñadas también en el lector. En el caso concreto de la lírica, el traductor habrá de intentar reproducir el ritmo, rima en el supuesto de que sea factible y el traductor sea un experto en el ejercicio de la versificación, así como otros recursos fonéticos que encierran no sólo el poder de la sugerencia y abstracción, sino que refuerzan la estructura semántica del texto. El traductor  deberá hallar el equilibrio entre los recursos semánticos y formales del poema.[21] En cuanto al teatro y a la narrativa, una de las mayores dificultades que conlleva su traducción estriba en el análisis de lo no verbal en lo escrito, esto es, para decodificar un texto el lector ha de saber interpretar tanto el núcleo lingüístico como el repertorio de signos paralingüísticos y kinésicos de una obra. Lenguaje y gestos corporales, el ambiente sensorial, y culturemas en definitiva, que varían de una a otra comunidad de hablantes, deben ser localizados y convenientemente transportados a la LT, tarea harto complicada, pues "esa totalidad de signos verbales y no verbales llegan al texto de tal forma que no siempre son percibidos por el lector, a veces ni siquiera por el escritor mismo, porque puede muy bien ignorar la inevitabilidad y el impacto de lo que, involuntariamente, llega a ser parte de su texto"[22]. A la dificultad que entraña la traducción de un texto teatral se le ha de añadir el carácter oral intrínseco a su función última, la comunicación oral.

 

 

CARACTERÍSTICAS DE UN BUEN TRADUCTOR

 

                 Siguiendo el "modelo componencial de la competencia traductora" propuesto por el Grupo PACTE[23], paso a resumirles el capítulo de Marisa Presas[24] en el que señala las competencias que habrían de caracterizar a un buen traductor:

 

-Competencia comunicativa en ambas lenguas:

Competencias gramatical, sociolingüística y discursiva.

 

-Competencia extralingüística:

Conocimientos teóricos sobre la traducción, conocimientos biculturales (que engloban conocimientos ecológicos, formas de vida social y sistemas institucionales), enciclopédicos y temáticos.

 

-Competencia instrumental y profesional:

Conocimiento y uso de las fuentes de documentación, de las nuevas tecnologías y del mercado laboral.

 

-Competencia psicofisiológica:

Competencias y habilidades psicomotoras de lectura y escritura, facultades cognoscitivas (memoria, creatividad, atención, etc.) y ciertas actitudes psicológicas, como curiosidad intelectual, por poner un ejemplo.

 

-Competencia de transferencia

Competencia de recepción del texto origen, competencia de elaboración del proyecto de TT y competencia de producción.

 

-Competencia estratégica, la cual consiste en los procedimientos utilizados para resolver los problemas encontrados en el proceso traductor.

 

          Dicho de otro modo por uno de los grandes traductores de este país, y sin más comentarios que una alabanza a la humildad:

 

"La verdad es que las cualidades que (idealmente) tendría que reunir un traductor son tantas y tan variadas que parece imposible que se den... y, efectivamente, no se dan,  (...) La traducción (...) es una tarea imposible, pero hay que intentarla. Ser un buen traductor es algo absolutamente quimérico, y, por ello, siempre tendremos una excelente excusa para justificar nuestro fracaso. (...) Todas las restantes cualidades del traductor (además de la de saber escribir) se resumen en dos, que son honradez y sentido común. El traductor podrá engañar muchas veces (...) al editor, al crítico y al lector, pero no podrá engañarse a sí mismo, y sabrá perfectamente cuándo hizo un trabajo chapucero, cuándo no averiguó cosas que tenía que haber averiguado y cuándo la obra que tradujo estaba, sencillamente, por encima de sus facultades. (...) Y luego necesita, más que cualquier otra cosa, sentido común. Tiene que saber, sencillamente, cuándo hay algo que no sabe. Darse cuenta de que aquello que cree leer o entender no tiene sentido, de que hay algo que no puede ser ..."[25]

 

              Ante este transfondo, ¿quién se atreve a acometer la traducción de un texto, máxime literario? El perfil del traductor literario en España varía según autonomías. Así tenemos que el grueso de los traductores se encuentra en Cataluña (36,5%), seguida de Madrid (29,2%), lo cual no es de extrañar dado que Madrid y Barcelona son los dos focos editoriales del país. Es (todavía) menor el número de mujeres que traduce (41,5%) que el de hombres, hecho que contrasta con gran parte de los países miembros de la U.E. En cuanto a la edad de los traductores (entre los que el nivel académico es muy elevado: 51,5% de licenciados), prevalece el segmento de 36 a 45 años (29,9%) seguido de 46 a 55 años (27%). La mayoría de ellos trabaja para un promedio de 6,4 editoriales simultáneamente. A tenor de lo ya expuesto y de las tarifas pormenorizadas en el siguiente apartado, el traductor literario combina la literatura con las traducciones técnicas por razones puramente crematísticas, o bien, de forma paralela, desempeña otro oficio, en muchos casos relacionado con la traducción, como escritor, profesor de idiomas, de universidad... De ellos, en términos porcentuales 74,5%, y pese al elevado porcentaje de traductores masculinos, un 53,6 % son mujeres y un 46,4% hombres.

           Es conocida la afición por la traducción de textos del profesor universitario y del doctorando de las carreras de letras, quienes ejercen tan sana afición a consecuencia de su labor investigadora, del afán por "absorber" la obra de quien constituye su objeto de estudio.

            Con respecto a las principales lenguas que conocen los profesionales de nuestro país, el alemán ocupa el sexto lugar (18,2%) tras francés (62,3%), inglés (58,4%), español (41,2%), italiano (31%) y catalán (29,2%). El 67,2 % lleva más de diez años traduciendo.

 

 

SITUACIÓN DEL TRADUCTOR LITERARIO EN ESPAÑA. UNA REIVINDICACIÓN

 

             Gadamer, en "Estética y hermenéutica" niega, en contra de lo que propugnan traductores de la talla de José María Valverde, la invisibilidad del traductor, "porque si lo fuera significaría que las diferencias entre las lenguas y culturas (...) son neutralizables y que hay sólo una lectura posible de un texto"[26]. El traductor, parafraseando a Javier Marías, mejor lector de una obra, interpreta el TO desde sus coordenadas psicológicas, sociales y culturales para recrear el texto sobre la base de lo interpretado. No obstante, es de todo punto improbable recuperar el momento psíquico de creación del autor, por lo que es imposible que el público lector no se vea abocado a las "injerencias" personales del traductor, habiendo de asumir como válida la interpretación que este ha llevado a cabo de un texto que ha hecho propio.

En conclusión, la labor del traductor se equipara a la del autor, hecho este reflejado en la LPI del 11 de noviembre de 1987: "La traducción literaria se distingue por ser simultáneamente oficio y creación, actividad profesional y elaboración artística"[27].

 

              Pero la realidad dista mucho de la teóricamente aceptada equiparación autor-traductor. Empezando por las editoriales, que por lo general "esconden" el nombre del traductor entre los créditos y premian su labor artística con unos honorarios indignantes, pasando por la crítica, ya que aún son escasos los comentarios a la calidad de la traducción en las recensiones de literatura extranjera publicadas en suplementos culturales, revistas literarias y demás prensa especializada, y terminando con la figura del lector, que, en su ingenuidad y desconocimiento, adquiere una versión de una obra extranjera sin plantearse la posibilidad de que un mal co-creador pueda privarle de su legítimo derecho a disfrutar de una obra de arte, peor aún, en la mayoría de los casos ni se cuestiona la existencia del traductor.

 

Y esto se refleja en el "respeto" a las tarifas por parte tanto del traductor, que acepta condiciones muy por debajo de las establecidas, como del que ha contratado sus servicios:

 

Tarifas mínimas (2000) acordadas por la Federación de Gremios de Editores de España y la Sección Autónoma de Traductores de Libros ACE

 

alemán-castellano   Tarifas Edición/pg. de 2.100 matrices     Tarifas Prensa/palabra

                                                        1.900  pta                                         15

 

               No sólo se incide en el hecho de que estas tarifas se "presentan en forma de mínimos, por debajo de los cuales no son aceptables", sino que se alude a que el traductor debe percibir un porcentaje de derechos en función de la tirada y del autor. En cualquier caso, varía del mínimo 1,5-3% en el caso de los autores vivos al 5-7% para traducciones de autores de dominio público[28].

 

              Tampoco estos datos se ajustan a la realidad. Ardua tarea es conseguir unos honorarios superiores a 1.500 pesetas por página sobre un porcentaje del 0,5%. Al precio final hay que restar un 18% de IRPF. Calculen ustedes mismos a cuánto asciende el montante a percibir de una obra de 200 páginas en la que fácilmente se puede haber invertido un total de dos meses (incluyendo documentación y varias revisiones). Y no estoy aludiendo a traductores con un escaso currículo en su haber, sino a profesionales para quienes, tras décadas de fructífera e intensa labor como traductores literarios, alcanzar 2.000 pta por página sigue requiriendo duras negociaciones. El Libro Blanco de la traducción española ha llegado al cómputo de una renta mensual neta de 155.780 pesetas al mes en una situación ideal en cuanto a tarifas y ritmo de trabajo. El panorama es verdaderamente desalentador.

 

            La historia de la recepción de cultura en lengua alemana en nuestro país ha sido poco menos que lamentable hasta hace relativamente escasas décadas. El trasvase al castellano tanto de obras vanguardistas de principios del siglo XX como de obras clásicas se realizaba a partir del francés, del inglés o incluso de ambas, en el mejor de los casos de la mano de intelectuales españoles que habían residido en un país germanoparlante y consideraban la traducción como una fuente de ingresos. Lógico es que, ante unos honorarios miserables, el único medio de conseguir algún beneficio fuera aumentando la cantidad de páginas traducidas, en detrimento de la calidad de la obra trasvasada. No soy la primera en, como mínimo, cuestionar la calidad de las obras traducidas por Ortega y Gasset (quién lo diría teniendo en cuenta su ensayo "Miseria y esplendor de la traducción", escrito en 1937), Borges[29], Unamuno[30] o Cansinos Assens, a quien, aún a fecha de hoy, debemos la traducción de las obras completas, entre otros, de Goethe y Schiller, si bien el rigor de su actividad traductora ha estado no pocas veces en entredicho.

 

¿Y EN ALEMANIA? ¿Y EN AUSTRIA?

 

Termino ofreciéndoles una pincelada de la situación del traductor literario en Alemania y en Austria, países en los que, pese a una retribución económica más favorable[31], también se ignoran las leyes referentes a los derechos morales del traductor (como por ejemplo la mención del traductor siempre que se cite la obra traducida).

Lo que sí difiere es la forma de pago. En un país germanoparlante, el cobro de un anticipo a cuenta de los derechos en el momento de la entrega y un porcentaje sobre las ventas es, a diferencia de nuestro país, algo frecuente. Más aún, en el contrato de traducción se especifica la cantidad que percibiría el traductor en el caso de editar una nueva tirada, de la que también se pormenoriza el número de ejemplares. Según el Libro Blanco[32], en Alemania es habitual cobrar el 1% desde el ejemplar 10.001 o bien percibir aproximadamente 5.050 marcos (unas 430.000 pta.) por cada edición posterior a la primera. No nos olvidemos, sin embargo, de que, en comparación con España, país en el que lo usual es una tirada de 3.000 ejemplares, es 10.000 el número de ejemplares que por regla general suele editarse en una primera impresión.

            Otra diferencia fundamental con ambos países radica en la existencia de unos derechos que, pese a los esfuerzos no escatimados de las asociaciones de autores y traductores, no se contemplan en nuestro país[33]: derechos sobre los préstamos al lector en bibliotecas y derechos reprográficos "en concepto de licencia para fotocopias de libros".

             La traducción literaria como única fuente de ingresos constituye en Alemania un 5%[34], en España un mero 2%, cifra susceptible de ser contrastada con el 41,5% mencionado anteriormente de mujeres que se dedican a la traducción en España frente al 75% de Alemania y Austria, lo cual podría interpretarse en relación con la escasez de beneficios económicos que comporta la traducción literaria y con el papel que desempeña la mujer en la sociedad.

 

 

¿FUTURO DE LA TRADUCCIÓN LITERARIA?

 

Gracias al aporte de la hermenéutica, el futuro de la traducción literaria debería ser especialmente esperanzador. Y es que cuando el lector sea consciente de su parte activa, creativa en el acto de la lectura, esencial para que la escritura adquiera presencia y significado y sea recreada como obra de arte, exigirá textos que le permitan de un modo atemporal concebir, proyectar tal obra y hacer propia una experiencia ajena[35]. Confiemos entonces en que el lector del futuro disfrute de una educación de calidad que le permita discernir, ser consciente de su importancia en el proceso incluso de la creación literaria, y actuar en consecuencia.

 



[1]  Evidentemente en el título está implícita la famosa equiparación "traduttore-traditore", que pone en entredicho la fidelidad de un traductor a su texto.

[2] George Steiner: Después de Babel. México, Madrid, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económico, 1980, p. 344. Traducido del inglés por Adolfo Castañón.

[3] Curiosamente, la mayoría de los profesionales del mundo de la edición son mujeres. Este porcentaje aumenta en el caso de los agentes literarios: Laure Merle D'Aubigné y Elisabeth Atkins de A.C.E.R., Carmen Balcells, Mercedes Casanovas, Raquel de la Concha (por citar las más importantes).

[4] Puede ser que al lector atraído por el quehacer de un agente literario le resulte interesante la obra titulada El intermediario. Aventuras de un agente literario, escrita por el estadounidense Paul R. Reynolds. Barcelona, Buenos Aires, Méjico D.F., 1973. Traducción del inglés por Amparo García Burgos.

[5] Famoso es el caso de Ediciones B, que en una subasta por una obra aún no escrita, llegó a pagar varios millones de pesetas.

[6] Ejemplos serían la prepublicación de extractos de la futura obra en prensa, anuncios publicitarios, recensiones en prensa especializada con una actitud positiva hacia la obra y firmadas por un personaje influyente, objetos de merchandising, lectura pública con el autor respaldada por medios de comunicación audiovisuales etc. Evidentemente, suelen ser los grupos editoriales más poderosos los que tienen un acceso más directo a las grandes estrellas del mercado editorial, aunque por suerte todavía quedan -escasos- editores y escritores interesados en la literatura y no en las leyes de la oferta y la demanda.

[7] Véase: VVAA: Libro Blanco de la traducción en España. Madrid: ACE Traductores, 1997, p. 13.

[8] Andreas Poltermann: "Normen des literarischen Übersetzens", p. 9, en: Harald Kittel (ed.): Geschichte, System, Literarische Übersetzung. Berlin, Erich Schmidt Verlag, 1992, pp. 5-31.

[9] Ibid., p. 13.

[10] Véase Elisabeth Markstein: "Erzählprosa", pp. 245-246, en: Mary Snell-Hornby, Hans G. Hönig, Paul Kußmaul und Peter A. Schmitt (eds.): Handbuch Translation. Tübingen: Stauffenburg, 1998, pp. 244-248.

[11] Traducción  y literatura: Los estudios literarios ante las obras traducidas. Madrid: Ediciones Júcar, 1994, p. 23.

[12] Sentido, transmitido no sólo mediante recursos de la lengua sino por medio de recursos extralingüísticos.

[13] Recomiendo al lector interesado en tales disquisiciones la lectura de las obras de Emilio Lledó; en particular: Filosofía y lenguaje. Madrid: Ariel, 1970, y El silencio de la escritura. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales, 1991.

[14] He aquí una de las muchas razones que han conducido a la afirmación de la intraductibilidad del texto (Benjamin): Die Aufgabe des Übersetzers.

[15] Vidal, Mª del Carmen África: El futuro de la traducción: Últimas teorías, nuevas aplicaciones. Valencia: Alfons el Magnànim, 1998, p. 27.

[16] "Since a translator, in producing a text which did not yet exist, makes use of a work existing in another language and literature, "reception" and production coincide in the act of translating. "Translation" may thus be regarded as interlingual and interliterary "receptive recreation" (...)": Armin Paul Frank: "Towards a Cultural History of Literary Translation", p. 370, en: Harald Kittel (ed.): Geschichte, System, Literarische Übersetzung. Berlin, Erich Schmidt Verlag, 1992, pp. 369-387.

[17] Sin olvidar que son los cánones -variables- de una sociedad concreta los que designan qué es una obra de arte.

[18] Véase J. Mukarovsky: Escritos de estética y semiótica del arte. Barcelona: Gustavo Gili, 1977, traducción del checo de Anna Anthony-Vico-vá, especialmente el capítulo: "Lenguaje standard y lenguaje poético", pp. 324-333.

[19] Andreas Poltermann, op. cit., pp. 14-15.

[20] Entendiendo como norma expectativas estabilizadas que defienden "die Erwartbarkeit bestimmter Verhaltensweisen als eine Institution und tendieren dazu, abweichendes Verhalten zu sanktionieren oder zu korrigieren". Ibid., p. 17. Para más información, ver J. Mukarovsky, op. cit.

[21] Para estudiar un ejemplo de traducción poética, véase el trabajo de Rosa Marta Gómez Pato: "La traducción de los poemas de Ilse Aichinger al español: ¿Un lenguaje sencillo? Reflexiones en torno a la traducción poética", en Elena, Pilar [et. al.], eds.: Universo de Palabras. Actas del I Simposio de la Traducción del/alAlemán. Salamanca: Facultad de Traducción y Documentación [et. al.], 1999, pp. 135-142.

[22] Fernando Poyatos: La comunicación no verbal.Volumen III. Nuevas perspectivas en novela y teatro y en su traducción. Madrid: Istmo, 1991, p.21.

[23] Integrado por investigadores del Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona.

[24] Para más información, véase el artículo de Marisa Presas: "Un enfoque modular de la didáctica: "Tareas para la adquisición de la competencia traductora", en: Elena, Pilar [et. al.], eds.: Universo de Palabras. Actas del I Simposio de la Traducción del/alAlemán. Salamanca: Facultad de Traducción y Documentación [et. al.], 1999, pp. 381- 393.

[25] Miguel Sáenz: "La traducción literaria", p. 407, en: Esther Morillas y Juan Pablo Arias: El papel del traductor. Salamanca: Ediciones Colegio de España, 1997, pp. 405-413.

[26] Aquí citado según Mª Carmen África Vidal, op. cit., p. 66.

[27] VVAA: Libro Blanco de la traducción en España. Madrid: ACE Traductores, 1997, p. 12.

[28] Es decir, setenta años -cifra estipulada en 1995- después de su muerte o declaración de fallecimiento.

[29] Véase Gregary J. Racz: "Hojas de hierba de Whitman: Borges como traductor de Song of Myself". (Traducción de Dolors Udina), en: Vasos Comunicantes, nº 20, pp. 25-31.

[30] Véase J. C. Santoyo: Historia de la traducción: Quince apuntes. León: Ediciones Universidad de León, 1999, p. 61.

[31] Aunque tampoco alcanza la calidad de "digna". En la Feria del Libro de Frankfurt de 2001, se barajaban un volumen medio de ingresos en torno a 3.000 marcos mensuales, esto es, unas 255.000 pesetas.

[32] Libro Blanco de la traducción, op. cit., p. 150.

[33] Ibid., p. 151.

[34] Otras fuentes sitúan en menos del 1% el porcentaje de traductores alemanes que se dedica de forma exclusiva o mayoritaria a la traducción de literatura: Peter A. Schmitt: "Marktsituation der Übersetzer", (p. 9), en Handbuch Tanslation, op. cit., pp. 5-13.

[35] Wolfgang Iser: Die Appelstruktur des Textes. Konstanz: Universitätsverlag, 1971, p. 34.